Historia

Para reconstruir la historia del Teatro Gayarre hay que remontarse a 1841, fecha en la que abre sus puertas en la Plaza de la Constitución de Pamplona (hoy Plaza del Castillo) el Teatro Principal, sala que vino a sustituir la viejo Patio y Casa de Comedias, situado en la calle del mismo nombre desde 1608. El Teatro Principal se llamó así hasta 1903 y Teatro Gayarre a partir de entonces, en memoria del tenor roncalés muerto en 1890. Desde el momento en el que el derribo de las murallas de la ciudad dio paso al ensanche de Pamplona la vida del coliseo peligró, hasta que se procedió a su demolición en 1931 y a su traslado al lugar donde hoy se encuentra, en la Avenida Carlos III.

 

El Teatro Gayarre volvió a abrir sus puertas el 3 de mayo de 1932. La construcción del edificio se sacó a concurso por parte del Ayuntamiento de Pamplona en 1929 y se la adjudicó el arquitecto Javier Yarnoz, quien transfirió todos sus derechos y obligaciones a la empresa constructora Erroz y San Martín. Esta empresa, además de construir el teatro solicitó, en diciembre de 1931, la explotación del coliseo y le fue concedida. El contrató se prolongó hasta 1942 y se renovó posteriormente, haciéndose cargo de la gestión la Sociedad Anónima Inmobiliaria de Espectáculos (SAIDE).

 

La actual junta gestora de la Fundación Municipal Teatro Gayarre está presidida por Maider Beloki, concejala delegada de Cultura del Ayuntamiento de Pamplona .

En 1953, ante la necesidad de unas reformas urgentes que precisaba el Teatro, la empresa accedió a correr con los gastos y se firmó un nuevo contrato que debía finalizar el 3 de mayo del 2003, si bien el pleno municipal decidió su reversión cinco años antes de esta fecha, en mayo de 1998 y constituir para su gestión la Fundación Municipal Teatro Gayarre.

 

El objeto de esta, según los estatutos es "la gestión y administración del Teatro Gayarre con el fin de promover, promocionar y difundir el teatro, la música, la danza y otras actividades que guarden similitud con las anteriores."

 

El Teatro Principal (llamado Gayarre desde 1903, como homenaje al tenor roncalés recién fallecido) cerraba al sur la plaza del Castillo desde su inauguración el 4 de julio de 1841. El romántico Víctor Hugo, en una visita a Pamplona, calificó de “horroroso” el edificio de trazas neoclásicas y recomendó “al primer hombre de espíritu” que atacara la ciudad que el teatro fuera el primer objetivo de un bombardeo. No fue la guerra quién puso las bases para acabar con el teatro, sino el arquitecto municipal Serapio Esparza, autor del planeamiento del Segundo Ensanche pamplonés, al concebir la futura avenida de Carlos III como el principal eje Norte-Sur de la nueva ciudad que quería expandirse más allá de sus murallas.

 

Javier Yárnoz Larrosa fue el arquitecto que ganó el concurso para la construcción del nuevo teatro, en su ubicación actual de la avenida de Carlos III, a quien se debe la lograda disposición del edificio para conseguir el máximo espacio en una irregular manzana y también la idea de reconstruir piedra a piedra de la antigua fachada del Principal (obra de José de Nagusia). El coste de las obras se estimó en 1.250.000 pesetas.

 

El cronista de La voz de Navarra mostró su satisfacción la víspera de la inauguración: “El lector verá que se han aprovechado todos los elementos arquitectónicos del antiguo teatro, habiéndose hecho la reposición con gran fortuna y justeza. Dando vista a la amplia avenida, el antiguo coliseo de Pamplona no se siente ciertamente desairado en su nuevo emplazamiento”. Era alcalde Nicasio Garbayo Ayala.

“Nuestro primer coliseo ha cambiado totalmente su trasnochada fisonomía”

La primera gran reforma del Teatro Gayarre tuvo lugar entre el 12 de enero y el 1 de julio de 1953, siendo alcalde Javier Pueyo Bonet, y supuso la redecoración completa del interior del teatro tras una inversión de 2,3 millones de pesetas, superior a la pactada con el Ayuntamiento de 1,75 millones, que permitió fijar el acuerdo de arrendamiento por 50 años.

 

Según los cronistas, “el aspecto fantástico que presenta nuestro primer coliseo ha cambiado totalmente su trasnochada fisonomía por obra y gracia de una magnífica decoración (...) Huelga decir que la decoración primitiva del Gayarre, realizada en una época en que lo ornamental se acercaba más a la extravagancia que al arte, no tenía el más mínimo tono de elegancia que diese distinción y señorío a un salón que se creó para ser el centro de los acontecimientos artísticos y culturales de la ciudad”.

 

Las obras no afectaron a la estructura del edificio, así que simplemente fueron supervisadas por el arquitecto municipal, Eugenio Arraiza. Se reformaron los techos, frentes de galería y ornamento de los palcos utilizando 60.000 kilos de yeso. El pintor cordobés Horacio Ferrer pintó la bóveda con motivos alegóricos de las artes clásicas. Gracias a la obra se cambió la embocadura de proscenios y de escenario y, al perder altura, mejoró la visibilidad de las primeras butacas. Se alfombró todo el teatro, se retapizaron las butacas y se instaló un nuevo telón de boca. El mármol sustituyó a la baldosa del hall, cuyo techo se abobedó; se colocaron nuevas vidrieras en ventanas y vestíbulos, se crearon los servicios en el sótano y se reformó la calefacción, fontanería y electricidad. También se aprovechó para igualar el nivel de pasillos y sala, con lo que se suprimieron las escalerillas del pasillo junto a las puertas. Gracias a la filigrana de oro y el fondo rojo de los tapices “el lujo se ha puesto al servicio del arte, de un arte que por ser clásico tiene una belleza intemporal y definitiva”, indicó un cronista.

“Si se quema este teatro, se tiene que quemar Pamplona entera”

El 20 de noviembre de 1968, tras la representación de la zarzuela Luisa Fernanda por la Compañía Lírica del maestro Torroba, se produjo un incendio que destruyó por completo la caja escénica. El telón metálico cortafuegos y la intervención de los bomberos impidieron que el fuego se propagara a la sala, aunque el calor y el humo sí provocaron serios desperfectos en la decoración y mobiliario.

 

Las obras de reconstrucción fueron encargadas al arquitecto Miguel Gortari Beiner, quien con un presupuesto cercano a los 15 millones de pesetas puso en pie el teatro para los Sanfermines de 1969, siendo alcalde Manuel Ágreda. “Está igual que siempre. Pero hemos tratado de evitar más incendios. Todo el material que se ha empleado es incombustible. Si se quema este Teatro, se tiene que quemar Pamplona entera”, declaró el arquitecto.

 

La intervención eliminó los bancos corridos de madera del “gallinero”, que con las nuevas butacas se convirtió en anfiteatro, y lo que fue un símbolo de los tiempos, el acceso del público al último piso se hizo desde entonces desde la puerta principal. Se mejoró la iluminación (empotrando focos en los palcos) y se colocaron las butacas que terminarían treinta años después siendo subastadas.

 

El pintor Horacio Ferrer, a sus 74 años, reunió sus bocetos y volvió a pintar en la cúpula su Apolo junto a las musas.

 

Pero la apuesta por la seguridad tuvo sus consecuencias: la caja escénica de hormigón, el peine y las alcahuetas metálicas acabaron con la magnífica resonancia del escenario. Actores como Carlos Lemos, José María Rodero o Irene Gutiérrez Caba habían propagado la fama de que el Calderón de Valladolid y el Gayarre de Pamplona eran los teatros españoles de mejor acústica. La sala fue reabierta el 6 de julio de 1969 con la compañía del cómico Paco Martínez Soria, el primer profesional que se percató de las consecuencias de la reforma. “Antes un susurro se oía en el tercer piso y ahora es preciso gritar para que te oigan”, comentó. Seguramente asintió Rafael López Somoza, coprotagonista de De profesión, soltero, actor que había sido cabeza de cartel de la compañía del Teatro de la Comedia en los primeros Sanfermines del Teatro Gayarre, en 1932.

Un teatro más seguro y cómodo para el público

Exceptuando una pequeña obra de ampliación del foso a mediados del decenio de 1990, costeada en parte por entidades culturales que utilizaban asiduamente el teatro, las últimas grandes intervenciones en el Gayarre han tenido lugar tras la creación de la Fundación Municipal, quien nada más hacerse cargo de la sala, en el verano de 1998, realizó trabajos de pintura en el porche y hall de entrada, cambió la iluminación ambiental y adquirió los elementos de iluminación escénica que hasta entonces se alquilaban para cada representación. La intervención permitió abrir espacios en desuso: despachos para los empleados, sala de reuniones, sala de ensayos, etc.

 

Tanto esa primera intervención como las posteriores fueron dirigidas por los técnicos del Área de Proyectos Estratégicos y Obras del Ayuntamiento de Pamplona.

 

Un año después, en 1999, el Teatro volvió a cerrar en verano para una segunda intervención, gracias a la cual se renovaron los servicios, se abrió uno para minusválidos, se mejoraron las condiciones de los camerinos y sus aseos y se cambiaron la totalidad de las butacas y sillas de la platea y parte de las tapicerías. Otras actuaciones mejoraron las condiciones de trabajo del escenario.

 

La intervención más importante, entre mayo y septiembre de 2005, durante el mandato como alcaldesa de Yolanda Barcina Angulo, tuvieron como principal objetivo conseguir un teatro más seguro para todos, adaptando todas las dependencias del teatro a la nueva reglamentación, en una intervención de calado que sin embargo el público no percibe en su globalidad.

 

Lo que sí notó el público fueron el nuevo telón y los retapizados (con telas ignífugas) y las localidades de sala para minusválidos. En el segundo piso, se agradeció la mejora de la comodidad y visibilidad desde el palco, gracias a la reordenación del espacio y a las nuevas butacas. Esencial en esta intervención ha sido la recuperación del “anfiteatro”, cerrado por motivos de seguridad desde 1997, con lo que el aforo de la sala se incrementó hasta las 900 localidades. En el último piso también se instalaron dos nuevos baños.

 

Así mismo, se trabajó en la fachada principal, limpiando su piedra arenisca, y se eliminó la marquesina, un añadido no original, además de limpiar y lucirse las vidrieras e incorporarse un alumbrado ornamental, que se percibe más gracias a la peatonalización de la avenida de Carlos III.

Obras imprescindibles que el espectador no percibe son la nueva acometida eléctrica, que permite una potencia mucho mayor, y la nueva instalación de calefacción y sistema de ventilación. A ello se sumaron nuevas medidas de protección contra incendios y la reparación de parte de las cubiertas, algunas de las cuales estaban deterioradas.